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    Pedro César A. Verde

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Lo humano y lo divino en el ojo de Tarkovski

Por: Pedro César A. Verde

«Pedro habla en primera persona de su vida, de sus padres, abuelos, mujeres e hijos; de sus trabajos y anhelos, fantasmas y miedos, de su angustia y vacío existencial; y es como si estuviera leyéndonos el pensamiento y traduciendo en versos nuestras emociones. Un puñado de poemas confesionales impecablemente bien escritos, nostálgicos y evocadores, melancólicos y reflexivos, amargos y estremecedores, que reflejan la sensibilidad de un poeta extraordinario.»

Del prólogo de Vicente Muñoz Álvarez

10,00 

Conoce al autor
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1972

Comenzó las carreras de Publicidad y Magisterio, pero abandonó ambas durante el primer curso. Trabajó en una empresa de jardinería, en una funeraria y restaurando muebles antiguos. Actualmente trabaja para la Administración del Estado. Autor de los libros de poesía Retrovisor (Canalla Ediciones, 2017) y Para que el piano suene alguien tiene que matar al elefante (Canalla Ediciones, 2018). Ha colaborado con la revista digital Liberoamérica y en la antología Poemas precarios, en favor por los colectivos en lucha por el paro y la precariedad.

Libros de Pedro César A. Verde
Sobre este libro
Resumen

«Pedro habla en primera persona de su vida, de sus padres, abuelos, mujeres e hijos; de sus trabajos y anhelos, fantasmas y miedos, de su angustia y vacío existencial; y es como si estuviera leyéndonos el pensamiento y traduciendo en versos nuestras emociones. Un puñado de poemas confesionales impecablemente bien escritos, nostálgicos y evocadores, melancólicos y reflexivos, amargos y estremecedores, que reflejan la sensibilidad de un poeta extraordinario.»

Del prólogo de Vicente Muñoz Álvarez

no supe qué hacer contigo
te utilicé para fustigarme, encontré la manera
de ser tu verdugo
en busca de consuelo me dije que estarías
en un lugar mejor
pero no se me ocurre imaginar un lugar mejor
sin hierba ni árboles
me despedí a través de una mampara
quitándome las gafas para apreciarte
por última vez
y al final, te cubrí de tierra,
y al momento,
germinó el vacío